Una noche hace veinte años, a mis doce años, mi madre y a mi hermana discutían a voz en cuello,
la decisión de la primera de impedirle asistir a una piscinada nocturna en el último momento.
Mi hermana repetía: "Sí voy a ir, ya me vienen a buscar, lo siento" Mi madre replicaba más calma. "Ya te dije, que no vas" "Sí voy a ir" Berreó mi hermana "No vas, así tenga que usar la fuerza, no me obligues jovencita" Sentenció mi madre, desde la seguridad de su adultez joven ¿La fuerza? Respondió la jovencita ¿Y, yo no tengo fuerza? A partir de ese momento, comencé a escuchar una serie de gemidos, seguidos por el silencio. ¡La inmovilizó! Me dije.
Al entrar al cuarto de mi hermana, consigo a mi madre. Una mujer rubia de 39años 1.55 Mts de estatura y 55Kg de peso, sentada a horcajadas sobre el pecho de mi hermana, sus manos le tomaban los brazos un poco por debajo del codo lo que los mantenía bien estirados. Mi hermana una trigueñita de 18 años 1.65mts de estatura y tal vez 6oKg de peso. Tenía las piernas completamente estiradas en tensión, los pulgares de sus pies se empinaban sobre el dedo vecino, obligándolo casi a tocar el suelo con la punta.
Las mujeres se miraban con fuego en los ojos. Ambas dispuestas a imponer su voluntad. Claro, mi hermana sabiendo que su cuerpo había sido vencido.
Por momentos veía palpitar suavemente, las axilas recién rasuradas de mi hermana, al intentar un discreto reto a la toma de mi madre, sus piernas libradas de la tensión afincaban alternativamente las plantas de los pies, buscando un apoyo que no era posible, luego sus pies latigueban inútiles contra el suelo, al tiempo que el pulgar volvía a oprimir a su vecino para desahogar la deseperación de verse inmovilizada.
De pronto. La esperada corneta. Voviéndose a mí, dijo mi madre,"Diles que no va, la tengo castigada". Su mirada aunque resuelta se había endulzado bastante, tal vez para no exasperar más a su hija. quién al escuchar estas palabras le obsequió una extraña sonrisa. Que solo podía significar. Ésta la ganaste.
Cumplí la misión de la manera más expedita. volví al sitio de la singular escena subiendo la escalera a trancos, para conseguir a mi hermana ya sola sentada en la cama mirando la pared.
Con la mayor sonrisa que mi pequeña carita podía admitir, le dije. "Mamí te jodió" Ella volteó a mirarme con el rostro surcado de lágrimas y el mismo fuego en los ojos."¡LÁRGATE!"
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