sábado, 9 de agosto de 2008

El Señor de los Dulces

La dueña de la panadería Pan de Oro, una gallega divorciada, Juana tenía un hijo en la adolescencia temprana. Xavi, que gustaba de luchar por diversión. En la panadería trabajaba como dependienta una sobrina. Claudia cuyos hermanos eran víctimas frecuentes de Xavi.

La chica albergaba el deseo de ver a su primo igualmente vencido. Por ello le sacaba el tema de la lucha a todo empleado, proveedor, cliente, o vecino de la panadería. Hasta que finalmente un proveedor de dulces caseros le afirmó haber tenido experiencia en el área y que tal vez podía enseñarle un par de cosas al joven. se trataba del Sr José hombre de 32 años de razgos un tanto indiados, de buena estatura y condición física. Claudia le contó su intensión y a él le pareció bien aplicar un para de llaves al muchacho so pretexto de lecciones.

Claudia le contó a su primo que un amigo de la panadería estaba dispuesto a enseñarle mejores técnicas, que las por él conocidas. El joven cayó en la trama, le pedió a su madre que contratara al Sr. José como entrenador, a lo que Juana accedió gustosa, ofreciendo una cantidad respetable por dos horas los sábados.

Llegado el sábado el Sr. José se presentó puntual a las 10 de la mañana, en la terraza estaban dispuestas cuatro colchonetas que brindaban superficie suficiente para un combate cuerpo a cuerpo. Tras dirigir la rutina de calentamiento el Sr. José le pidió a Xavi subir a las lonas para ver qué podía hacer.

Xavi como siempre saltó agresivo sobre su contrincante, que salió por poco del envite. un nuevo envite de Xavi casi lo derriba, el Sr. José se aleja de él abandonando la superficie de combate. Xavi lo persigue por toda la lona. Juana grita de emoción, Sr José ¿Por qué corre? Dice entre risas. La cara del Sr. José es una mueca.

Un nuevo envite de Xavi lleva al Sr. José a la lona. El grito de Juana retumba en la terraza. Xavi sin perder tiempo, ni dar oportunidad a su presa le engancha la rodilla izquierda con su codo derecho hasta llevarsela al pecho, el brazo derecho del Sr. José ha quedado atrapado entre los pechos de ambos en el momento en Xavi cierra la toma, la mano izquierda de Xavi ha capturado dos dedos de la mano izquierda del Sr. José. ¡Sr José Ud. está metido en prensa! ¡Ud. de allí no sale! Gritó Juana, voy a marcar los treinta segundos.

El Sr. José miró a Claudia con una expresión de asombro, la joven de 18 años lo miraba con decepción y rabia, Claudia movía ligeramente la cabeza en ademán negativo, al contemplar la moderada musculatura que yacía inservible contra la lona. La indignación de Claudia, creció aún más al ver que el Sr. José por toda reacción o defensa se limitaba a cerrar los ojos, como si eso le permitiera escapar de la situación.

A Claudia, la irritaba aun más el pie que encontraba absurdo contorsionándose suspendido en el aire, desprovisto de la capacidad de transmitir fuerza al piso, y librar al cuerpo de la prensa, lejos de eso, era la clave de ésta.

Claudia, recorría con su mirada aquel cuerpo inerte, reparó en la poco poblada axila, yo tengo más que él Pensó. Pero Claudia percibió un movimiento que la estremecería.

¡Quince segundos! Exclamó Juana. Sr. José ¿Por qué no hace nada? ¿Sr José? ¿Está prensado? Se burló. Sin abrir los ojos, el Sr. José esbozó una tenue sonrisa que se magnificó en el rostro de Juana.

Claudía, estaba absorta mirando aquel latido en la entrepierna del Sr. José ¡Se le puso grande el pipí por la rabia de la prensa! Pensó en su lenguaje aún juvenil. Como si fuese un contagio aquel latido se había mudado debajo de su falda, ahora sus pies se contorsionaban también. Una oleada de empatía la recorría, entendía y lamentaba su vergüenza. Su falta de habilidad en la lucha le parecía secundaria, el pie que antes le irritaba ahora le parecía magnífico, bien torneado sus plantas rosadas , sus dedos redondos. Lamentaba su fuerza inutilizada. Quería usar su mano para aquietar aquel latido.

¡Cinco segundos para que pierda la pelea! anunció Juana. 1 2 3 4 5 Liberado del tenaz gancho, el pie retomó contacto con el suelo. el Sr. José abrió los ojos para encontrar una Claudia que le decía con la boca contraida como si le hablase a un bebé. "Sr José no importa"

viernes, 8 de agosto de 2008

La Última de la Infancia de una Chica

Una noche hace veinte años, a mis doce años, mi madre y a mi hermana discutían a voz en cuello,
la decisión de la primera de impedirle asistir a una piscinada nocturna en el último momento.

Mi hermana repetía: "Sí voy a ir, ya me vienen a buscar, lo siento" Mi madre replicaba más calma. "Ya te dije, que no vas" "Sí voy a ir" Berreó mi hermana "No vas, así tenga que usar la fuerza, no me obligues jovencita" Sentenció mi madre, desde la seguridad de su adultez joven ¿La fuerza? Respondió la jovencita ¿Y, yo no tengo fuerza? A partir de ese momento, comencé a escuchar una serie de gemidos, seguidos por el silencio. ¡La inmovilizó! Me dije.

Al entrar al cuarto de mi hermana, consigo a mi madre. Una mujer rubia de 39años 1.55 Mts de estatura y 55Kg de peso, sentada a horcajadas sobre el pecho de mi hermana, sus manos le tomaban los brazos un poco por debajo del codo lo que los mantenía bien estirados. Mi hermana una trigueñita de 18 años 1.65mts de estatura y tal vez 6oKg de peso. Tenía las piernas completamente estiradas en tensión, los pulgares de sus pies se empinaban sobre el dedo vecino, obligándolo casi a tocar el suelo con la punta.

Las mujeres se miraban con fuego en los ojos. Ambas dispuestas a imponer su voluntad. Claro, mi hermana sabiendo que su cuerpo había sido vencido.

Por momentos veía palpitar suavemente, las axilas recién rasuradas de mi hermana, al intentar un discreto reto a la toma de mi madre, sus piernas libradas de la tensión afincaban alternativamente las plantas de los pies, buscando un apoyo que no era posible, luego sus pies latigueban inútiles contra el suelo, al tiempo que el pulgar volvía a oprimir a su vecino para desahogar la deseperación de verse inmovilizada.

De pronto. La esperada corneta. Voviéndose a mí, dijo mi madre,"Diles que no va, la tengo castigada". Su mirada aunque resuelta se había endulzado bastante, tal vez para no exasperar más a su hija. quién al escuchar estas palabras le obsequió una extraña sonrisa. Que solo podía significar. Ésta la ganaste.

Cumplí la misión de la manera más expedita. volví al sitio de la singular escena subiendo la escalera a trancos, para conseguir a mi hermana ya sola sentada en la cama mirando la pared.

Con la mayor sonrisa que mi pequeña carita podía admitir, le dije. "Mamí te jodió" Ella volteó a mirarme con el rostro surcado de lágrimas y el mismo fuego en los ojos."¡LÁRGATE!"